Hacía horas que se escuchaba la radio y el perro que ladraba insistente. Las luces seguían apagadas aunque la tarde ya había caído. Nadie se acercó porque a nadie podía parecerle extraña esta situación.
Deben haber pasado, por lo menos, dos horas cuando escuché pasos en el patio, seguramente Margarita estaba descolgando la ropa, solía hacerlo todas las tardes, más o menos, a esa hora.Intenté llamarla, pero algo impedía que mi voz pronunciara alguna palabra.Fue raro que no me pidiera que encienda la luz, seguramente creyó que estaba durmiendo o, tal vez, aún no estaba tan oscuro.
Desde mi posición podía escuchar varias cosas.El vecino le gritó al perro que seguía con su ladrido, creo que hacía unos minutos que perseguía a un gato, no sé muy bien, de eso no decía nada, aunque sí lo retaba por el desorden que parece había provocado.
No sé cuánto tiempo habría pasado, ya hacía rato que había perdido la noción del tiempo y seguramente estaba dormido porque de repente sentí la puerta del pasillo y el perro que otra vez corría y ladraba, y fue como despertar.Era evidente que alguien había llegado.Escuché voces que se acercaban, la voz de Margarita era una.El comportamiento del perro no era el habitual de cuando llega alguien conocido.Pensé en el jardinero o el albañil, pero también supuse que la hora no era la adecuada para que esas personas llegaran.
Estaban en el patio, o entrando.Una vez más intenté llamar a Margarita, pero mi voz seguía como antes, no emitía sonido.
De repente se abrió la puerta, todo era oscuridad asíque no podía más que escuchar. Sentí una mano en mi cara, dos dedos fríos en el cuello, vi una luz en mi ojo derecho, luego en el izquierdo y una voz que dijo: “lo vamos a tener que llevar”.
Nunca me costó tanto llegar a destino, pero parece que al destino no se le complica abordarme cuando lo cree necesario.
Llegué a Córdoba por casualidad, la ruta era maravillosa, el clima acompañaba mi andar, pero no siempre todo es perfecto y las máquinas suelen fallar tanto como los hombres.
Creo que faltaban pocos minutos para el mediodía cuando tuve la necesidad de consultar a un entendido en el tema, no fue tarea sencilla buscar un mecánico en una inmensa ciudad en la cual jamás había estado antes, era como, quien dice, buscar una aguja en un pajar.
Si hay algo que aprendí viajando es que preguntando siempre se llega y fue así, pregunta a uno y otro, unas cuantas vueltas por calles desconocidas, más preguntas, “buen día señor”, “disculpe señora”, “eh, muchacho”, uf cuantas vueltas para encontrar un lugar que no sabemos en dónde queda. Finalmente di con la persona indicada.
Gustavo aseguró que el problema podría variar de leve a grave, pero para saberlo tendría que desarmar algunas cosas, para ello no menos de dos días serían necesarios. De aquí en más es una cuestión de confianza ciega, dejar el auto en un lugar desconocido con el aliciente de venir de una ciudad aturdida con la inseguridad y la desconfianza. ¿Cuál es la otra opción? No hay otra opción, es esta la única que hay y no queda más que tomarla.
La primera noche fue terrible, no se puede dejar de pensar en lo que podría suceder. La imaginación y las situaciones posibles empiezan a circular, no sólo en mi cabeza, todo aquel que sabe y se entera de los hechos también pone su cuota. Las pocas horas dormidas son invadidas por sueños bastante sugestivos: robos, incendios, choques, destrucción total, el seguro no responde…
Así y todo por la mañana me encargo de conseguir un mapa y recorrer los puntos más destacados de la ciudad: museos, ruinas, bares, edificios emblemáticos, iglesias. Aunque, en todo momento, sigue presente, como un recuerdo recurrente, cuál será la relación de Gustavo (?) y el auto, si es que éste último aún existe, si es que en el momento oportuno, y luego de tantas vueltas, encuentro el camino por dónde llegar a encontrarlo. No suele ser sencillo, de hecho no lo fue, como dije antes, cada persona que se entera de la realidad aporta un nuevo miedo a mis días, y entonces llegan las preguntas y las supuestas y posibles situaciones.
Gustavo me dio una tarjeta con sus datos, me dibujó un croquis de cómo llegar al taller, me anotó qué colectivo me lleva hasta la esquina de su casa. La desconfianza generada por los nuevos y los viejos conocidos es proporcionalmente creciente a medida que transcurren las horas y los comentarios. Y si entonces los datos de la tarjeta son falsos, y si tomo el colectivo indicado y nunca encuentro el taller, y si llego al lugar y ya no hay ni auto, ni taller, ni Gustavo trabajando, y si y si y si…
De todas maneras oculto mi ansiedad y dejo pasar el tiempo estipulado. A la mañana siguiente pregunto en dónde es la parada. Entonces, por la tarde, como habíamos quedado, me subo al colectivo, me siento en el anteúltimo asiento del lado de la ventanilla, observo cada detalle del viaje, intento reconocer casas, esquinas, negocios y simultáneamente pienso las posibles reacciones si se cumpliera alguna de las situaciones pensadas anteriormente. Me acerco cada tanto al chofer y le pregunto por la dirección, que si falta mucho, que si es el transporte correcto, que por favor me avise y mientras tanto se oscurece la zona y veo cada vez menos y los temores asechan cada vez más y se me vienen a la cabeza los noticieros, los carteles rojos de Crónica, y robos y asaltos y asesinatos, y vuelvo a acercarme al chofer, ya con miedo de haberme pasado, pero no, me dice que en la parada siguiente.
Bajo del colectivo, camino hasta la esquina, cruzo, estoy a media cuadra, sale una luz desde el taller, se refleja en la vereda. Gustavo está allí afuera, me ve venir, entra al taller. “Todos mis miedos se hacen realidad”, pienso. Miro para todos lados, observo hacia dónde voy a ir, a quién le voy a pedir ayuda, vuelven Crónica y TN y C5N y música de flash y hasta escucho al locutor diciendo la noticia. Me paro en la puerta del taller, el sudor me corre ya por el cuerpo, de repente aparece Gustavo.
“Hola”, me saluda, me estrecha su mano, “lo tuyo está listo”, afirma. Me dice cuánto es, saca el auto, me entrega las llaves y en 15 minutos estaba otra vez en la ruta. “Y así vivimos, siempre creyendo en lo que dicen las noticias”, reflexioné.
Aquella mañana me desperté tarde, pero sin apuros preparé mis cosas, busqué la ropa que me pondría, me di una ducha rápida y fui a almorzar a la casa de mamá, como todos los lunes. No podré olvidar ese momento, no me di cuenta, pero después de lo sucedido quedó grabado en mi memoria ese instante, al igual que otros de ese mismo día.
Tal vez hacía meses que no lo veía con ganas de hacer cosas, esa misma mañana se ofreció a ir a la panadería, me avisó que volvía en seguida para que esperara el pan y fue así, creo que no debe haber demorado más de dos o tres minutos. También resuenan en mis oídos cuando mamá le dijo que le habían dado mal el vuelto. Esa tarde recordé estos momentos, no sabía bien por qué.
Los minutos se pasaron, mientras miraba la tele intentaba terminar los últimos bocados del plato, que extraño, pero ya no recuerdo qué fue aquella comida. A las apuradas, como era costumbre, llamé un remís, me lavé los dientes y esperé, creo que no más de un minuto. Un bocinazo me hizo saber que el auto ya estaba en la puerta y me fui.
Muchos creerán que lo que cuento es sólo producto de lo que después sucedió, pero yo sigo creyendo en que no existen coincidencias en estos momentos, que hay una especie de intuición, algo así como un sexto sentido y yo lo experimenté en más de una oportunidad, y estaba pasando otra vez.
Como dije antes, el remís estaba en la puerta y yo salí, entre apurado y corriendo, pero mis ojos se clavaron en los suyos. El estaba sentado en el sillón, creo que fue la única vez en mi vida que lo vi de esa manera, hacía pocos meses que ya no trabajaba y unas cuantas semanas que su vida había cambiado, sería ésta tal vez una nueva rutina que comenzaría a adoptar, no lo sé, pero allí estaba sentado y escuchando música, mientras cerré la puerta lo miré a los ojos y los suyos también me miraron fijamente. Todavía da vueltas por mi cabeza esa imagen y veo cómo la puerta se va cerrando lentamente y cómo su mirada queda en mis retinas por un buen rato.
El día transcurrió normalmente, por lo menos para mí. Terminé de trabajar, me subí al colectivo y, una hora después, estaba sentado en un pupitre intentando entender alguna declinación, aunque generalmente parecía estar ausente de esa clase. Esa tarde, cuando la profesora ingresó al aula, como solía hacerlo habitualmente, apagué mi celular.
Se iban pasando las horas, los lunes siempre fueron días largos, mientras intentaba resolver algunos ejercicios, había gente que intentaba comunicarse con migo, pero, como ya dije antes, mi celular estaba apagado. Todavía no sé, pero creo estar seguro de que fue mejor así, a veces me pregunto qué hubiera pasado si de repente sonaba el teléfono, atendía y me daban la noticia, igual siempre es mejor no pensar demasiado en lo que hubiera pasado, sino más bien en lo que efectivamente pasó.
Cuando Alfredo ingresó en el aula y me dijo que me buscaban en la puerta no entendía nada, quién podría buscarme, para qué. No sé, pero una extraña sensación me invadió en ese momento, bajé los cuatro pisos por las escaleras, intrigado, pero sin temores, aunque a penas giré en el último tramo de la escalera y los vi ahí parados, entendía aún menos que cuando el bedel entró a buscarme. Los últimos escalones los bajé despacio, preguntando qué pasaba.
Federico fue directo, no dudó al decirme la verdad. Yo me quedé callado por unos cuantos segundos, no sabía qué decir, qué hacer, cómo reaccionar. Uno nunca sabe qué es lo que se debe o no en estos casos. Todas las imágenes de ese medio día se me volvieron de repente una película.
Uno siempre lamenta la muerte, sobre todo cuando a uno lo toma de sorpresa, cuando no se ha tenido el tiempo o el coraje de decir ciertas cosas y más aún cuando uno se queda pensando. Aquella puerta cerrando y esos ojos me estaban diciendo algo y creo que de todas sus miradas será la que guarde por siempre en mi memoria.