Aquella mañana me desperté tarde, pero sin apuros preparé mis cosas, busqué la ropa que me pondría, me di una ducha rápida y fui a almorzar a la casa de mamá, como todos los lunes. No podré olvidar ese momento, no me di cuenta, pero después de lo sucedido quedó grabado en mi memoria ese instante, al igual que otros de ese mismo día.
Tal vez hacía meses que no lo veía con ganas de hacer cosas, esa misma mañana se ofreció a ir a la panadería, me avisó que volvía en seguida para que esperara el pan y fue así, creo que no debe haber demorado más de dos o tres minutos. También resuenan en mis oídos cuando mamá le dijo que le habían dado mal el vuelto. Esa tarde recordé estos momentos, no sabía bien por qué.
Los minutos se pasaron, mientras miraba la tele intentaba terminar los últimos bocados del plato, que extraño, pero ya no recuerdo qué fue aquella comida. A las apuradas, como era costumbre, llamé un remís, me lavé los dientes y esperé, creo que no más de un minuto. Un bocinazo me hizo saber que el auto ya estaba en la puerta y me fui.
Muchos creerán que lo que cuento es sólo producto de lo que después sucedió, pero yo sigo creyendo en que no existen coincidencias en estos momentos, que hay una especie de intuición, algo así como un sexto sentido y yo lo experimenté en más de una oportunidad, y estaba pasando otra vez.
Como dije antes, el remís estaba en la puerta y yo salí, entre apurado y corriendo, pero mis ojos se clavaron en los suyos. El estaba sentado en el sillón, creo que fue la única vez en mi vida que lo vi de esa manera, hacía pocos meses que ya no trabajaba y unas cuantas semanas que su vida había cambiado, sería ésta tal vez una nueva rutina que comenzaría a adoptar, no lo sé, pero allí estaba sentado y escuchando música, mientras cerré la puerta lo miré a los ojos y los suyos también me miraron fijamente. Todavía da vueltas por mi cabeza esa imagen y veo cómo la puerta se va cerrando lentamente y cómo su mirada queda en mis retinas por un buen rato.
El día transcurrió normalmente, por lo menos para mí. Terminé de trabajar, me subí al colectivo y, una hora después, estaba sentado en un pupitre intentando entender alguna declinación, aunque generalmente parecía estar ausente de esa clase. Esa tarde, cuando la profesora ingresó al aula, como solía hacerlo habitualmente, apagué mi celular.
Se iban pasando las horas, los lunes siempre fueron días largos, mientras intentaba resolver algunos ejercicios, había gente que intentaba comunicarse con migo, pero, como ya dije antes, mi celular estaba apagado. Todavía no sé, pero creo estar seguro de que fue mejor así, a veces me pregunto qué hubiera pasado si de repente sonaba el teléfono, atendía y me daban la noticia, igual siempre es mejor no pensar demasiado en lo que hubiera pasado, sino más bien en lo que efectivamente pasó.
Cuando Alfredo ingresó en el aula y me dijo que me buscaban en la puerta no entendía nada, quién podría buscarme, para qué. No sé, pero una extraña sensación me invadió en ese momento, bajé los cuatro pisos por las escaleras, intrigado, pero sin temores, aunque a penas giré en el último tramo de la escalera y los vi ahí parados, entendía aún menos que cuando el bedel entró a buscarme. Los últimos escalones los bajé despacio, preguntando qué pasaba.
Federico fue directo, no dudó al decirme la verdad. Yo me quedé callado por unos cuantos segundos, no sabía qué decir, qué hacer, cómo reaccionar. Uno nunca sabe qué es lo que se debe o no en estos casos. Todas las imágenes de ese medio día se me volvieron de repente una película.
Uno siempre lamenta la muerte, sobre todo cuando a uno lo toma de sorpresa, cuando no se ha tenido el tiempo o el coraje de decir ciertas cosas y más aún cuando uno se queda pensando. Aquella puerta cerrando y esos ojos me estaban diciendo algo y creo que de todas sus miradas será la que guarde por siempre en mi memoria.
Resuenan las canciones, algunas estrofas, miles de estribillos, y mi piel recuerda y mis ojos buscan, y mis manos sienten, y mis labios desean, y eres tú, presente-ausente, aún no sé, la que provoca cada sensación en mi cuerpo, en mi alma, en mi historia.
Tal vez espere a que el tiempo me muestre cómo seguir, por dónde caminar, en qué lugar ir a buscar cuando ya no quede rincón en donde buscarte.
Tal vez prosiga con mi pensamiento de proseguir pensándote cada vez que te recuerde, que es cada día y a cada instante que vuelve a mí tu recuerdo.
Tal vez sólo viva para llegar al día de volver a lograr que me ames como cuando amabas, como hoy te amo.
Tal vez la vida me demuestre que no me equivoco cada vez que creo en poder volver a aquellos días, con sus distintos matices por el paso del tiempo, pero volver, en fin, a poder sentir que nuevamente estas enamorada.
Tal vez no sea inútil seguir sintiendo lo que sentí y guardar en mí la ilusión de que, aunque pase el tiempo, algún día, en algún lugar, bajo cualquier luna, ante los ojos de quien sea, vuelvas a besarme.
Seguramente te sorprenda esta carta, o no, no sé, pero para mi es extraño estar escribiéndote otra vez después de… no sé cuánto tiempo. A lo largo de esta semana me fue pasando lo que no quería que me pase: pensar en lo que pudiera haber sido, a pesar de una frase que siempre mantengo presente: “lo que pudiera haber sido no existe”, y sin embargo se me metió en la cabeza esa tonta pregunta “¿cómo hubiera sido si…? Tal vez nunca debería haber escrito esto, mucho menos hacértelo llegar, pero bueno, no puedo dejar que me invadan otra vez algunos sentimientos, que definitivamente me doy cuenta de que aún no están del todo claro. Hace meses que me siento realmente bien en este aspecto, bien y seguro de lo que me pasa, de lo que quiero y de aquellas cosas que no deseo volver a repetir, pero parece que la seguridad se va a la mierda otra vez y todo lo que no quiero que me pase vuelve a llenar mi vida una vez más. Hoy pude recordar cuáles fueron las cosas que me pegaron a vos, las que me hicieron sentir todo lo que me cuesta dejar atrás. No estoy seguro, pero creo que alguna vez te dije cuáles son esas cosas: tu sonrisa, tus olores (sabores) y la manera en que me mirás. ¿Sabés cuántas veces me pregunté y me preguntaron qué me atrajo de vos? Miles de veces; ¿sabés cuántas veces encontré la respuesta a esa pregunta? Tan pocas, que recién ahora, cuando ya es tarde y la historia es otra, puedo responderla con certeza: tu sonrisa, tus olores (sabores) y la manera en que me mirabas. Todos los que nos ven hablar vienen a decirme que entre nosotros hay algo, que se puede percibir, que lo ven ahí, pero siempre digo que están equivocados, que solo nos llevamos bien, que esta muy claro lo que pasa y que solo es eso, una linda relación, me canso de repetir que estoy seguro de que vos por mi no sentís nada, de que estas muy bien con quien estas, de que a mi con vos ya no me pasa nada, que me divierte verte, que me gusta estar con vos, charlar, reírme, pero que estoy muy seguro de que no pretendo, ni quiero que pase absolutamente nada. A veces empiezo a pensar que si tanta gente me lo dice, algo raro tiene que estar pasando, yo sé que a mi me confunde un poco, pero en seguida vuelvo a la realidad y sé muy bien qué es lo que quiero, pero poco sé de lo que a vos te pasa realmente… Vos sabes que más allá de lo que yo quiero o deseo, está lo que verdaderamente siento, y aunque no me encuentro invadido de tus cosas como tal vez me pasó en algún momento, estoy seguro de que el verdadero amor fuiste vos, y eso te lo aseguré más de una vez y lo sigo afirmando. Hay que entender, por supuesto, que a veces el verdadero amor no es la persona con quien estamos, pero poco logramos entender de estas cosas porque el amor es un sentimiento un poco extraño, y cuando te digo estas cosas o las escribo, en este caso, vuelvo a preguntarme si realmente lo que creo sentir es verdadero o no, todo es muy confuso, hasta para mi. Pero la realidad es que hace una semana que volví a verte, lleno de seguridades que tal vez hoy se convirtieron en debilidades y en futuras derrotas. Hice todo lo posible para escaparme, pero ya ves, no logre evitar escribirte esta carta, que una vez más se convertirá en una causa para alejarte más. Hoy pasé el día evitando cosas, esquivando realidades. Evité que cada una de tus miradas se convirtieran en besos, que cada uno de tus roces fueran caricias, que cada una de tus palabras se sintieran como susurros a mis oídos… Seguramente esto es un nuevo error, te pido perdón por volver a poner piedras en el camino, sólo quiero asegurarte algo: sé y comprendo cómo son las cosas y no pienses que quiero algo con todo esto, sólo que aprendí a hacer algo que tal vez antes no hacía: decir qué es lo que me pasa y lo que siento para no convertir mis sentimientos en un pozo profundo muy poco explorable. Por otro lado, al re descubrir y no estar seguro de habértelo dicho alguna vez, esas cosas que me llenaron de vos, me pareció que tenía el deber de decírtelas y la obligación de que las sepas. Como dije antes estoy seguro de lo que quiero y de lo que no quiero que pase…
Ya habían transcurrido siete días de viaje cuando en una noche lluviosa llegamos a la terminal de ómnibus de la capital de Jujuy. Allí había que esperar casi hasta el amanecer, a eso de las 6:30 partía el primer colectivo por la Ruta Nacional 40 hacia Tilcara, de pasada queda Purmamarca. Creo que eran alrededor de las 10:00 de la mañana cuando ya nos encontrabamos en el centro del pueblo. El sol reinaba en el lugar y los colores se podían ver por todos lados: en los telares, en las cerámicas, en las vestimentas de las mujeres del lugar y hasta los cerros deslumbraban por sus hermosos coloridos. Los vendedores dan la vuelta por toda la plaza, en sus puestos ofrecen todo tipo de productos regionales, ropas típicas, cerámicas y telares de varios artistas de la zona. La música, los sonidos y los aromas son únicos e inconfundibles. Son cosas que se impregnan en los sentidos de quienes llegan hasta aquel lugar y uno no termina de irse que desea estar volviendo. Las tardes son largas y como en todo pueblo del interior, las siestas casi obligatorias. Los niños reinan por su ausencia, tal vez aquellas viejas historias de duendes aún hoy siguen dando resultados. Lo que más impresiona en Purmamarca es la belleza que rodea al lugar y que vive en él. El cerro de los siete colores hace honor a su nombre, quien haya estado allí se habrá tomado su tiempo para identificarlos y contarlos y tal vez, más de uno, habrá encontrado alguno más y quien alguno menos. Lo cierto es que a la vuelta de cada esquina uno choca de frente con imágenes que nunca más se borrarán. Las noches en estos pueblos suelen ser de pocas luces, aún recuerdo mi estadía en Cachi, un pequeña población de Salta, allí por las noches sólo algunos perros se atrevían a circular por las calles. Sin embargo, la noche de Purmamarca tiene algo especial, tal vez muchos creerán que hablaré de estrellas, de la luna, del cielo, pero no fueron estas cosas las que más llamaron mi atención en aquel inhóspito lugar de la Quebrada de Humahuaca. Alguien, alguna vez, me había comentado que por las noches la plaza tenía un movimiento inusual, yo mismo quería comprobar de qué se trataba así que aquella noche, luego de la cena, unas cuantas rondas de mate y guitarreada, me abrigué y caminé calle abajo hasta la plaza. Por el contrario de lo que la mayoría de las personas que nunca fueron al norte creen, las noches no son calurosas, a veces hasta es necesaria una bufanda o un pulóver de lana en pleno verano. Esa era una de esas noches frías, soplaba el viento y una llovizna muy fina golpeaba sobre mi rostro. Así y todo caminé las diez cuadras que me separaban de la plaza bajando hacia el centro. Como ya mencioné la plaza se encuentra rodeada de puestos para comprar recuerdos y productos regionales, pero a las 23:30 sólo quedan las estructuras que desnudas y desprovistas de sus artículos sirven de asiento y entretenimiento para la gran cantidad de niños que, a esa hora, corretean por todos lados. La sorpresa fue muy grande y las preguntas se sumaron en cantidades imposibles de responder. Lo más sorprendente de aquella minúscula pueblada es la apertura, los pequeños se acercan a quienes llegan y conversan largamente. Yo mismo fui interceptado por un grupo de cinco “changuitos” (tal como les dicen) que comenzaron a preguntarme de dónde venía, a qué me dedicaba, con quién andaba, hacía dónde iba, pero de pronto el rol de preguntar cambió porque si bien sus cabezas tenían millones de preguntas, la mía estaba ávida de respuestas. La charla fue dejando algunas conclusiones y ciertas afirmaciones que me demostraron la gran diferencia que experimentan los niños de distintos rincones del país. Mientras en Buenos Aires los chicos duermen, en Purmamarca juegan, cuando en la gran ciudad se entretienen, allí suelen ayudar a sus padres en la producción de aquello que venderán y que será el sustento de sus casas. Las tardes en la plaza de Purmamarca carecen de los sonidos que tienen las de Buenos Aires, pues los changuitos están ausentes de las calles y los duendes y los peligros de ser raptados por ellos, es sólo un cuento que poco tiene que ver con lo que verdaderamente están haciendo esos niños cuando el sol pega de lleno sobre esas tierras.