miércoles, 14 de enero de 2026

La Puerta

 "La puerta", Christian Leonardo Malattia (2026)


Creí que bastaba con decir la verdad.  Después entendí que no siempre alcanza.

La puerta del Patronato de Liberados es gris. No un gris triste ni uno brillante, sino un gris antiguo, como si hubiera aprendido a escuchar antes que a hablar. Está cerrada, inmóvil, y sin embargo da la impresión de respirar. Me detengo frente a ella y el tiempo, obediente, desacelera.

El cartel está torcido. Las letras negras, gastadas, nombran algo que todavía no termino de entender. Liberados. La palabra me roza con una ironía suave, casi compasiva. Yo no me siento liberado. Al contrario: es como si me hubieran atado a una versión de mí que no reconozco del todo.

Espero. No sé bien qué espero. Que digan mi nombre, tal vez. Ese nombre que todavía me pertenece, aunque ahora figure en papeles que no elegí. Me pregunto en qué momento empecé a dudar de mí mismo, cuándo una certeza tan simple —sé quién soy— se volvió una pregunta incómoda. Nunca imaginé que una vida entera pudiera tambalear por un gesto mínimo.

Mientras la puerta calla, el recuerdo vuelve. No irrumpe: se desliza. Como una marea baja que deja al descubierto lo que uno preferiría no mirar.

El patio de comidas, era un mediodía cualquiera. Mesas vacías, restos de conversaciones ajenas flotando en el aire acondicionado. En una mesa, un objeto. Solo. Su pantalla, aún tenue, pedía auxilio: uno por ciento de energía. Una vida mínima.

Lo tomé sin pensarlo. No hubo cálculo ni estrategia. Fue el mismo gesto con el que se recoge un libro caído o se corre una silla mal puesta. Un gesto torpe, humano. A veces pienso que el error no fue sólo ese movimiento, sino la confianza ingenua en que el mundo siempre mira con la misma atención con la que uno actúa. 

La voz del guardia fue seca. No me habló: me señaló. Desde ese instante el mundo empezó a inclinarse, apenas, lo suficiente como para que nada volviera a encajar. Explicar fue como hablar detrás de un vidrio. Las palabras chocaban y caían. Descubrí entonces que la verdad no siempre se impone por su peso y que decirla no garantiza ser visto.

"Las cámaras",  me dijeron, "no escuchan intenciones". Las imágenes son mudas, es cierto y no saben de impulsos ni de errores, sólo muestran manos que toman. Ahí entendí algo que todavía me duele formular: la justicia también mira así. Mira, registra, archiva, pero no siempre ve. Confunde el acto con la intención, la escena con la historia, el recorte con la vida entera. Su mirada es amplia y, sin embargo, a veces está vacía.

Y entonces pensé —como se piensa cuando no hay nadie escuchando— cuántos condenados habrán sido siempre inocentes en algo que no supieron cómo explicar. Cuántas veces una persona debe aceptar haber hecho lo que no hizo para que el castigo sea más leve. Cuántas verdades se pierden porque nadie se detiene a mirar de verdad, porque nadie se permite dudar.

La noche llegó sin avisar. Una noche blanca, de luces duras y sillas incómodas. Sin reloj, sin teléfono, sin afuera. El cuerpo, siempre más honesto que el orgullo, me recordó mi fragilidad. El hambre, las náuseas, la espera. Ahí entendí que también soy ese cuerpo que necesita, que falla, que no siempre coincide con la imagen que construí de mí mismo.

En algún momento me vi desde lejos. Me vi sentado, quieto, inmóvil, como ahora. Me vi y pensé en lo fácil que es volverse otro cuando el mundo decide mirarte, pero no verte… y en lo difícil que es sostener la propia imagen cuando empieza a resquebrajarse desde adentro.

—Señor —dice una voz desde el otro lado de la puerta. 

Vuelvo. La puerta sigue cerrada, pero ya no parece sólida. Estoy seguro de que late. Tal vez todas las puertas importantes tienen corazón. Tal vez sólo laten cuando alguien está a punto de cruzarlas y dejar algo atrás.

Pienso en las aulas, en los libros compartidos, en las bibliotecas, en los gestos mínimos que uno cree que construyen una vida. Pienso en cómo un solo movimiento —una mano extendida, un objeto levantado— puede poner una biografía entera en suspenso y obligarla a revisarse.

No soy inocente: cometí un error. Lo sé. Pero tampoco soy el personaje plano que quedó atrapado en una imagen sin sonido. Soy ese espacio incómodo entre la intención y el acto. Entre lo que creí ser y lo que ahora debo aprender a mirar sin indulgencia, pero también sin crueldad.

La puerta se abre.

Entro despacio. No como quien se entrega, sino como quien cruza un umbral. Del otro lado hay un escritorio, un sello, una firma. Dos años de papeles, de avisos, de permanencias obligatorias. El tiempo reglamentado.

Antes de sentarme, miro la puerta una última vez. Ya no late. Ahora parece una puerta común. Tal vez lo fue siempre.

Yo no.

Salgo distinto de acá. No mejor, no peor: distinto. Y aunque todavía no sé en qué me estoy convirtiendo, empiezo a aceptar que comprenderse también implica hacerse cargo de las grietas. Incluso los errores —sobre todo los errores—, cuando se recuerdan con honestidad, pueden volverse relato.

Y el relato, a veces, es la forma más humana de la redención.